sábado, 8 de diciembre de 2012

Y, así, es como acabó lo que en realidad jamás había existido.

No sé si alguna vez habéis tenido esa sensación constante de estar perdiendo a alguien poco a poco. A veces con un amigo, que sientes que se va distanciando, a veces con un familiar que se está muriendo... y otras, como en mi caso, con un amor. Un amor que en realidad nunca llegó a ser amor. O tal vez sí, tal vez en algún momento llegó a serlo. Quién sabe. De todas formas, ¿qué importa eso ya? El caso es que existe esa sensación. Esa horrible sensación de estar perdiendo poco a poco la magia de algo tan bonito. Esa maldita sensación de sentir que dejas de importar a una persona tan inmensamente especial en tu vida. Esa sensación, que todos odiamos, pero que en algún momento nos tenemos que enfrentar a ella.
Yo, de hecho, he tenido que hacerlo. He tenido que enfrentarme a ella. Hace tiempo que empecé a sentir que esa persona tan especial dejaba de sentir lo mismo que yo, dejaba de preocuparse tanto por mí, dejaba de renunciar a su orgullo, dejaba de tener detalles... Sí, detalles. Esos diminutos detalles que te hacen sentir tan grande, que a todos nos encantan por pequeños que sean. Y no me refiero a regalos, ni a inmensas sorpresas. Me refiero a un 'buenos días pequeña', a una visita inesperada, a que te pregunte qué tal te ha ido el día, que te diga una frase bonita, a que te dedique una canción... Esos detalles a los que te acostumbras sin problema pero luego te duele no tenerlos.
¿Cómo duele, verdad? El acostumbrarse a algo bueno y luego perderlo. De eso trata esta sensación. De acostumbrarse a algo, o a alguien, y luego sufrir su infernal ausencia.